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Por Elba Alicia Machado - Contáctese con Nosotros            

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 "EVASIÓN" Katherine Mansfields

A la hora de elegir un relato pienso siempre en vos y me pregunto si te parecerá interesante, o si dejarás de leerlo porque te aburre. Evidentemente este es un riesgo que tengo la obligación de correr. Tal vez no hayas oído hablar de Katherine Mansfield, cuyo nombre real fue Kathleen Beauchamp y es posible que yo la haya elegido, porque muchos de los que no pertenecen al medio literario, no la conocen. A esta escritora le aceptaron su primer relato a los nueve años, y a esa misma edad ganó el primer premio de redacción de la escuela de la aldea, en su Nueva Zelanda natal. Pero en 1913, cuando ya no tenía dudas acerca de su vocación de escritora, envía a varios editores su cuento “Algo infantil pero muy natural” y fue rechazado por todos. Sus libros no despertaron gran interés hasta que en 1920 aparece Felicidad y luego con Fiesta en el Jardín publicado en 1922, fue considerada la autora inglesa de relatos, más destacada de su generación.

Elegí su cuento “Evasión” que pertenece a Felicidad y otros cuentos y debo decirte que me costó mucho esta elección. Leí afanosamente buscando el que pudiera gustarte más, el que te impactara, y hasta donde leí no lo encontré. Luego me di cuenta que no siempre es impacto lo que debemos buscar en un cuento, no siempre el cuento debe evaluarse sólo por su contenido, por lo agradable o desagradable que nos muestre. Un cuento, como un cuadro debe evaluarse por cómo llega a nosotros, por cómo nos hace sentir, por la verdad que nos trasmite, y es exactamente allí donde radica la belleza de un relato.
Por buscar algo interesante, entretenido, me olvide de los sentidos y de los sentimientos. Decidí entonces que te contaría “Evasión” y me llevé una sorpresa porque debajo de la cosa trivial, del desacuerdo temperamental de los protagonistas se encuentra la forma poética, en conjunción con la forma prosaica, y en esa conjunción está la verdad de la vida, aquello que Mansfield quería entregarles a sus lectores.

Voy a comenzar el relato para que vos misma lo analices. Comienza cuando la protagonista cuenta que habían perdido el tren por culpa de su marido y que esa demora podía haberse evitado si él le hubiera pedido al “estúpido” del director del hotel, que le entregara la cuenta sin falta a las dos en punto. De ese modo, no habrían esperado el cambio cuando ya había llegado el coche. Tampoco se había ocupado de que colocaran el equipaje para partir enseguida. ¿Pretendía acaso que lo hiciera ella bajo ese calor sofocante? Además, cuando le pidió al cochero que acelerara y no le hizo caso, él se sonrió. La mujer pensó que ella, en lugar del cochero, habría actuado igual, ya que no sólo se lo había pedido cortésmente sino que se había disculpado por la molestia que le ocasionaba.

Al llegar a la estación, ella comienza con una nueva queja. Al ver un tren con “horribles niños” saludando desde las ventanillas, se pregunta porqué tiene que soportarlos a ellos, a esa luz deslumbrante, y a las molestas moscas, mientras el marido y el jefe de la estación buscan en el indicador ese otro tren que seguramente no alcanzarán. Tampoco tolera a toda esa gente, y a la mujer que lleva en brazos a un niño que tenía una cabeza horrenda. Inmediatamente se dice a sí misma que es una desgracia tener tanta sensibilidad sin que nadie le ahorrara esas "sordideces".

Un cambio sorpresivo se opera de pronto en la mujer que comienza a lagrimear. Buscando un pañuelo, ve dentro de su bolso una cantidad de elementos familiares y piensa que en el antiguo Egipto la hubieran enterrado con todo eso.
Así como se produce ese cambio en el personaje, del mismo modo sucede en el relato, que pasa de un tono prosaico a un estilo poético. Voy a escribir textualmente el parágrafo para que lo leas y lo disfrutes: “Hacía un poco de viento; un viento ligero que bastaba para transformar en raso las hojitas nuevas de los árboles frutales y en plata el color humoso de los olivares; un viento suficiente para inclinar la hierba delgada y levantar delante del coche una polvareda que se les pegó a la boca como ceniza muy fina”
El relato continúa con la exasperación del personaje femenino, quien al sacar una polvera recibe en sus ojos el polvo que vuela desde la brocha. El marido no tiene mejor idea que sugerirle que abra su sombrilla al tiempo que se la alcanza, pero ella, gritando, se la arrebata de las manos y la tira sobre la capota doblada que está a sus espaldas.

El siguiente motivo de enojo de la mujer es la presencia de niños bajando por una colina con flores en sus manos, que se acercan corriendo hasta el coche, ofreciéndoselas. Uno de ellos, más audaz que el resto, se las echa a la mujer en la falda, el marido intenta darle unas monedas pero ella se lo impide gritando. –“¡No les des nada! ¡No los alientes! Nos seguirán todo el camino. Tú serías capaz de estimular hasta a los mendigos. Y tiró el ramito a la carretera”
Enseguida, la mujer, con un extraño tono sosegado, comienza a quejarse por la lentitud de los caballos y por la intención del marido de fumar a su lado. Finalmente, mirándolo fijamente a los ojos le dice: “Te ruego, te imploro por última vez que cuando vayamos en coche, no fumes. ¡Si tú supieras la angustia que me produce el humo cuando me viene a la cara!” El trata de apaciguarla prometiéndole dejar de hacerlo, que lo había olvidado, pero ella acrecienta su furia por ese olvido.
Otra vez aparece en el relato una descripción poética. Es un nuevo momento de descanso, de una serenidad que el personaje femenino desconoce.

A continuación sobreviene el momento de más inestabilidad de la narración: El cochero acelera la velocidad del carruaje de manera tal, que está apunto de volcar. El hombre piensa que su mujer lo cree responsable de ese inconveniente por haberle mencionado anteriormente que los caballos iban demasiado lentos. Los ojos de ella echan chispas y con furia, dirigiéndose al marido, dice: “Supongo que esto te divierte mucho”. En un instante se incorpora y ve que la sombrilla que le había regalado su madre y que ella quería más que a nada en el mundo, se había caído a la carretera. Fuera de sí, increpa al marido acusándolo de haberla oído caer en el último bache. Él le ofrece ir a buscarla pero quiere hacerlo ella misma porque, según dice, “si no se separa por un rato de él, se volverá loca”.
En este momento, el texto, se desvía hacia el punto de vista del marido: Todo estaba en calma y él se siente “vacío”, “mustio” “reseco”. Ante la vista de un árbol sufre un profundo cambio. Escucha a una mujer cantando y sabe que esa voz al igual que su ser, forma parte del silencio. Siente en su pecho que algo se agita, se mece, cálido y sofocante, él intenta romperlo y no puede y de una manera profunda, voluntaria, se sumerge en el silencio.

Una vez en el tren, de noche, él va aferrado con las dos manos a la baranda de la ventanilla. Escucha voces, la de su mujer diciéndole a alguien que cuando él quisiera entrar lo haría, que era feliz viajando y que le gustaban las incomodidades. Las voces murmuraban, no se callaban nunca, pero la dicha de él era tan inmensa que deseaba vivir así para siempre.
Termina la narración de manera ambigua, con lo no dicho, lo sobreentendido y como dice Barthes con esa pluralidad de sentidos que caracteriza la obra de K. Mansfield.
El tono se da de acuerdo con la óptica de cada uno de los personajes. En el marido es serenidad, paz, calma; en la mujer: inquietud, turbulencia, ira.
El relato no es sólo lo que dice, al contrario, es más lo que no dice y en ese no decir encontramos el misterio de la realidad, de las circunstancias, de los desencuentros y de los infortunios. El juego de opuestos atraviesa el relato que termina envolviendo la desmesura de la mujer en el místico silencio del hombre.
John Middleton Murry quien se convertiría en el marido, editor y biógrafo de Mansfield ha dicho que la revolución que introdujo con sus relatos cortos, fue personal y que aquellos que han querido continuar su trabajo no lo han conseguido. Numerosos críticos han intentado definir sus cualidades y qué es lo que lo hace imposible de imitar; todos han fracasado, su secreto se lo llevó con ella.
Las características más sobresalientes de su escritura las da el mismo Middleton Murry: pureza, naturalidad, espontaneidad. “Katherine sufría intensamente y gozaba enormemente, nos dice, y estos sentimientos no eran parciales, llenaban todo su ser.” Con esos materiales construyó su obra.
Katherine Mansfield murió de tuberculosis en Fontainebleau, Francia, en 1923 a los 34 años de edad.

Espero no haberme equivocado en la elección y que te haya gustado.


Soy tu Bibilioteca – Recreo Literario
Elba Alicia Machado.
 

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