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Por Dr. Osvaldo D. Ortemberg (Abogado de familia)                                                                                                             


Una dificultad para divorciarse

En general, quienes deciden divorciarse, llegan a esa resolución luego de evaluar su vida conyugal y reconocer los aspectos negativos que esta trae. Pero ¿por qué, al momento de concretar el divorcio, muchas personas dudan en realizarlo?
En el medio social de hace una o dos generaciones, los matrimonios eran de por vida. Esto era sostenido por las leyes civiles, que no admitían el divorcio vincular sino la separación. Recién en 1987, mediante la ley 23.515, el mismo fue admitido.

El cambio de la ley fue, en gran medida, consecuencia de una aceptación del divorcio en algunos sectores de la sociedad. Este cambio, sin embargo, no significaba una plena aceptación. Era una aceptación con reservas.
Esta reserva se vislumbra en la misma ley, ya que para poder divorciarse el Código Civil exige que las partes invoquen hechos que justifiquen que el juez deje sin efecto el matrimonio. Si al juez no se lo convence de que hay causas graves que justifican el divorcio, no concede el divorcio. Esto resulta contradictorio: si para casarse la ley exigió que ambos estén de acuerdo, lo razonable sería que se admitiera el divorcio si alguno de los que dio el acuerdo lo retira. Pero no es así, porque esta ley es antidivorcista, ya que si bien concede en ciertos casos y bajo estrictas condiciones el divorcio, no está de acuerdo con que la gente se divorcie.
Esta paradoja que muestra la ley, afecta también a los sectores sociales que aceptan el divorcio. Que acepten el divorcio no significa que en el fondo estén de acuerdo con éste. Así, se dice estar de acuerdo con el divorcio, porque cuando no hay amor y hay incomodidades o sufrimiento, es mejor estar separados que juntos. Pero luego, cuando alguien intenta divorciarse, es decir, llevar a la realidad esas ideas que sostiene, le ocurren sentimientos dolorosos y situaciones de violencia que parecen más un castigo que un camino liberador.

En esta situación hay en uno mismo, aunque avale el divorcio, una fuerza interior que se opone a ello. Esta parte que está en desacuerdo –y que es inconsciente– está sostenida por mandatos religiosos ancestrales, nacidos de la misma práctica religiosa pero también del ejemplo de padres, abuelos, bisabuelos y demás. Es el mayor peso de nuestra afectividad en la que siguen vivos todos esos valores que nuestros ancestros sostenían. Por ello, esta situación afecta también al no religioso, precisamente por esa herencia ancestral que proviene de su propia familia.
Sin embargo, no se trata de una dificultad insalvable. Por el contrario, su solución radica en la posibilidad de conversarla con el abogado al que se concurre a consultar. De otro modo, esta oposición inconsciente a divorciarse se presentará como una serie de obstáculos materiales y sentimientos culposos que pueden neutralizar la decisión de divorciarse. Decisión que es el camino más sano para un matrimonio mal avenido, e incluso para sus hijos. Esta contradicción que lleva a dudar ante la decisión de divorciarse, puede apreciarse en el siguiente ejemplo, cuya reproducción se realiza con la aceptación de la consultante y con reserva de cualquier dato que la pudiera identificar a ella o a su familia.

Es una señora muy creyente, de unos 60 años, que vivió en la ciudad del interior toda su vida, hasta que vino a Buenos Aires luego de que su marido la dejara por otra. Tiene dos hijos mayores de edad, casados y con hijos. Intentó una vez negociar un acuerdo de separación que no prosperó porque el marido no se avino a hacerlo. Ahora consulta porque una amiga le aconsejó resolver su situación, ya que tenía problemas económicos que podrían aliviarse divorciándose. Ella no está segura de hacerlo, por eso consulta. Esta es una parte de la primera consulta:
–¿Por qué no me cuenta la relación que tuvo con su marido hasta la separación?
–Fue muy buena. El era un hombre trabajador, buen padre. Nos llevábamos muy bien.
–¿Cuánto tiempo estuvieron viviendo juntos?
–21 años.
–¿Y siempre se llevaron igual?
–Bueno, bien nos llevamos siempre. Pero, claro, con los años hubo cambios en nuestra relación. Cuando nacieron nuestros hijos, que fue al poco tiempo de casarnos, nuestra relación empezó a estar muy condicionada y no podíamos salir como al principio. Cuando crecieron y ya iban al colegio, volvimos a tener tiempo para hacer cosas en común. Pero no era igual, teníamos otra edad y otros gustos, yo me había transformado en una mujer dedicada sólo a la casa. Antes trabajaba y aportaba mis ingresos para los gastos de la familia. Tenía gran actividad afuera. Me abrumaban, pero, en fin, me gustaba. De eso me di cuenta cuando lo tuve que dejar por los nacimientos de mis hijos. Mi madre y mis hermanas siempre estuvieron en contra de que yo trabajara, pero mi marido me apoyaba. El no tenía problemas en que yo lo hiciera. Aunque después del nacimiento de mis hijos, él mismo me pidió que me quedara en la casa, porque de otro modo él tendría que hacerlo en parte del tiempo que prefería emplear trabajando.
–¿Él tenía mejores ingresos que usted?
–Claro. Eso era fundamental, de otra forma no lo hubiéramos hecho de ese modo. Él era un hombre de amplios criterios.
–¿En algún momento se modificó su relación con su marido? Me refiero si dejaron de llevarse tan bien como usted me cuenta.
–Bueno, de algún modo la relación cambió cuando él empezó a ampliar su ámbito de trabajo. Él vendía productos de diferentes firmas de la construcción. La ampliación a la que me refiero empezó unos dos años antes de la separación, cuando él comenzó a viajar a diferentes ciudades para sus ventas. Entonces se ausentaba algunos días. Yo me quedaba sola con mis hijos. Recuerdo que en esa época me sostuvo mucho ir a la iglesia. Y desde entonces me sostiene. Siempre fui muy creyente.
–¿Esas ausencias de su marido los fue alejando?
–A él, pero no a mí. Para mí, él era mi marido y me había casado para siempre, como cualquier mujer que elige un hombre.
–¿Puedo hacerle una pregunta íntima? Es sobre la intimidad con su marido. El tiempo la habría cambiado...
–Sí, bastante. Él parecía más necesitado que yo de tener intimidad. Yo lo hacía por él, no por mí. (Se queda pensativa, su rostro se descompone un tanto. Veo que una congoja la invade. Saca un pañuelo y se lo pasa por los ojos.) Disculpe, doctor.
–No tiene que disculparse de tener sentimientos.
–(con tristeza) Él se fue con una mujer más joven. Ella le dio lo que yo no necesitaba recibir ya de él. Yo necesitaba compañerismo, amistad, nada más.

La entrevista continuó una media hora más y acordamos continuar conversando en una nueva entrevista, que se hizo a los tres días de esta primera. En el ínterin pensé varias cosas de su situación, pero lo que más me llamaba la atención era que no tuviera una sola palabra de reproche contra su marido, ni un recuerdo de haberla tenido cuando él la abandonó. También reparé que en el pedido que me hizo para consultarme, ella no tuviera una idea clara de lo que quería hacer. Hacía muchos años que vivían separados, ambos tenían una vida armada sin el otro. ¿Qué quería que yo le dijera que ella no lo supiera?
En la nueva entrevista, entre otras cosas, dijo sin que yo le preguntara algo:
–Yo estoy bien así, ¿sabe? Pienso que lo que me pasó con él es porque no le respondí y fue a buscarlo a otro lado, con una nueva mujer.
–¿Usted se considera culpable del abandono de él?
–En cierta medida es así.
–¿Y por eso no quiere divorciarse?
–No sé, Dr., francamente, no sé.
–Si él volviera, ¿usted lo aceptaría?
–(Piensa un poco) Él tiene otra familia ahora, yo no aceptaría que la rompiera para volver conmigo.
–Suponga que él se separa de su nueva mujer y que un año después él quisiera volver, ¿usted lo aceptaría?
–(Piensa mucho) La verdad es que no sé. Yo estoy bien como estoy ahora, ya me acostumbré.
–¿Lo ama?
–(Duda mucho más) La verdad es que ahora me lo planteo, no lo sé.

Para mí era evidente que ya no lo amaba, entonces su dificultad para divorciarse tenía que provenir de otro obstáculo que, a esta altura, ya me resultaba claro, aunque tenía que confirmarlo. Entonces le pregunté:
–Usted me dijo que una amiga le recomendó que se divorcie porque económicamente puede resolver parte de su situación actual. ¿Ella es la única persona que le aconseja que se divorcie?
–Sí, mis otras amigas me dicen que haga mi vida, pero ninguna me dijo que me divorcie ni que haga nada.
–¿Sus amigas son todas del mismo grupo, del mismo lugar, o de ambientes diferentes?
–Son de ambientes diferentes. La amiga que me dice que divorcie es de mi trabajo.
–¿Y las otras?
–Las otras son de la iglesia, y piensan que el divorcio es pecado.
–¿Y usted?
–(Con timidez) También.

Le aconsejé a la señora que intentara hacer juicio para cobrar alimentos, si bien mi opinión era que también le convenía divorciarse ya que había algunos bienes gananciales que, si bien se habían distribuido de manera bastante equitativa, ella no podía disponer ni vender los que tenía en su poder sin la autorización de él, y lo mismo pasaba con los bienes que a él le habían tocado. Comenzamos el juicio de alimentos y seguimos conversando sobre su divorcio, el cual iniciamos unos pocos meses después.



Por Dr. Osvaldo D. Ortemberg (Abogado de familia)- www.abogadodefamilia.com.ar



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