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Por Dra. Ana María del Pilar Bidondo - Contáctese con Nosotros

"Ser buena madre", una pretensión imposible

¿Existe una razón oculta por la que tantas mujeres se empeñen en funcionar como buenas madres? ¿Ser "buena madre" significará evitar que el hijo padezca las frustraciones y desdichas propias de la condición humana?
Si constituirse en "buena madre" fuera un salvoconducto para el bienestar del hijo, todo infortunio, malestar, desventura personal, ocurriría entonces por haber carecido de una "buena madre". ¡Menudo peso el de la maternidad, de acuerdo a tales preconceptos!

Es habitual, diría corriente, que las mujeres jóvenes, primerizas o con niños pequeños se planteen el objetivo de convertirse en buenas madres. Leen libros, van al pediatra, conversan con otras madres y algunas, las menos desgraciadamente, consultan al psicoanalista por este desvelo.

Ser "buena madre" es un imposible, es más… proponérselo y esforzarse por lograrlo podría ser una insensatez de graves consecuencias.

La mujer que se embaraza y no cuenta con información seria que la tranquilice, padece -en especial durante los primeros tiempos- síntomas que la asustan. Síntomas en que prevalecen malos presagios, incomodidades, fastidios, contrariedades; que a nadie puede confesar, por temor a que la cataloguen de "mala madre" .
El embarazo suele vivirse como un suceso persecutorio. Las profundas transformaciones corporales y los cambios en el psiquismo atormentan a la mujer, que nada dirá, porque el mundo exalta los aspectos amorosos del hecho y esconde lo traumático que acompaña a la misma situación. Las otras acepciones de embarazo que considera el diccionario de la RAE como sinónimos ( aparte de preñez, gestación, gravidez, maternidad) son las siguientes: estorbo, obstáculo, dificultad, entorpecimiento, inconveniente… ¿A qué aludirán estos vocablos tan alejados del concepto que circula en la sociedad sobre la maternidad? 
El embarazo, el ser madre, es recibido en el entorno con palabras que denotan alegría, felicidad, dicha… y toda una parafernalia de epítetos "edulcorados" que confunden a la embarazada, a la madre.
El embarazo, la maternidad, provocan una conmoción de características extraordinarias. La estructura femenina se transforma; "nunca más" esa mujer será la que fue antes de ser madre, todo su ser se modifica al traer un hijo al mundo. 
Que la vida de alguien dependa por mucho tiempo de una sola persona es una exigencia sobrehumana, titánica, podría agregarse. Por suerte en la actualidad los padres entienden bastante la situación y acompañan, hasta que pasada la díada madre-hijo (situación que ocurre alrededor del año de edad) el niño se dirige a ellos y tiende sus bracitos en reconocimiento a su función paterna. 

Es útil conocer el error en que caen las madres, de atribuirse a sí mismas todo lo que le ocurra a ese embrión, a ese feto, a ese bebé, a ese niño, a ese adolescente, a ese adulto. Difícilmente podremos convencerla de que el niño posee también una estructura psíquica independiente y un patrón de conductas heredadas que lo hacen más o menos condescendiente a la crianza. En ocasiones, a la madre le resultará difícil entender a ese ser que posee códigos totalmente diferentes que ella desconoce, sin que en tales particularidades tenga una participación activa. 
Un hijo es portador de una genealogía que trasciende a los padres, que la madre se haga cargo de esto es un verdadero despropósito. Un recién nacido posee un caudal ilimitado de potencialidades, desarrollará las que pueda en relación a los vínculos que entable con el entorno y a su condición de humano.

En toda mujer, desde el momento en que decide ser madre, que es cuando juega con sus muñecas, existe una imagen de hijo idealizada. Ese bebé con el que sueña representa un cúmulo de anhelos y deseos producto de su propia frustración infantil. 
Es como si la niñita dijera "a mi hijo nunca le pasará lo que me ocurre a mí en los momentos de conflictos con mis padres". Y planifica, desde la tierna edad de los tres o cuatro años, el modelo de "madre buena" que ella pretende para sí misma.
"Madre buena" es una aspiración absolutamente infantil y, por ende, absolutamente alejada de la realidad. 

La criatura humana es la única entre los seres vivos que nace en estado de completa indefensión; arribando al mundo con un importante grado de inmadurez biológica. Indefensión que lo lleva a establecer una díada, una unión plena, imaginaria con su madre. Al crecer y romperse este díada, tenderá a creer que junto a ella, o en su compañía, nada podría pasarle… 
He oído a muchos adultos en sus camas de enfermos clamar por la madre muerta o más enferma que ellos mismos. Otros de avanzada edad que al estar impedidos por diversas afecciones, adoptan como madre a la esposa, al marido, a los hijos, a las enfermeras, a las mucamas. Ejemplos que demuestran la intensa ligadura a la figura materna, más allá del calificativo bueno o malo. Madre es un vocablo que trasciende cualidades, al representar un origen, una procedencia, una matriz, un núcleo por fuera de quién lo represente en la vida real. 

La obsesión de ser "buena madre" es una aspiración que surge del período prenatal en que el feto se hallaba contenido en el vientre materno, que simboliza el paraíso terrenal. Paraíso del que según el relato bíblico fue echado por Dios; el hombre, para ganar el pan con el "sudor de su frente" y la mujer para "dar a luz con dolor". 
¿"Ser buena madre" será un afán que colocaría a la mujer en el orden divino, desmintiendo su condición humana?
 


Dra. Ana María del Pilar Bidondo. Médica Psicoanalista. Miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina
 (APA) y Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) 
Te. (011) 4. 824.1031

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