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Por Dra. Ana María Bidondo - Contáctese con Nosotros

Los que fracasan al triunfar…

Esta famosa frase de Sigmund Freud, que es una contradicción, encierra una verdad con la que se tropieza continuamente y que provoca ese ánimo derrotista con el que muchas personas enfrentan la vida.
Es habitual que al llegar a la meta largamente añorada, ocurra un imprevisto y sea difícil o imposible conseguir aquello por lo que se trabajó con ahínco. Siendo que los tramos más engorrosos fueron resueltos, incluso en condiciones sumamente adversas. 
Los escaladores que a pocos metros de la cúspide de una montaña les falta el oxígeno y deben regresar, los corredores de autos que a pasos de la bandera de llegada y primeros en la recta final se les acaba la nafta, los que desaprueban la última materia de una carrera en la que nunca fueron reprobados… Diariamente nos enfrentamos con este fenómeno. Un síntoma, una contrariedad, un olvido, impiden obtener un logro, fruto del esfuerzo y la dedicación.
En vísperas de una conquista importante existe una lucha interna que no es consciente, entre las diversas instancias que componen el psiquismo. De esa confrontación no existen noticias, sólo la confusión, los conflictos, la inquietud en el momento crítico reflejan la controversia interna. Es como si esa persona, en los instantes previos al éxito fuera conminada a rechazarlo, porque un "tribunal secreto" la acusa de no merecerlo.
Si a pesar de haber sido condenado, ese sujeto accede al resultado feliz, puede que califique el suceso como banal, desacredite el mérito de su esfuerzo, o rebaje el valor de lo que obtuvo.
¿Será que el objetivo anhelado valía la pena por el desgaste que demandaba y no por su significación concreta? ¿Será, como se dijo antes, que siempre estamos sentados en el banquillo de los acusados de un tribunal que se maneja con arbitrariedad, a los efectos de propinar castigos con ensañamiento?
Es habitual que los maltratos humanos causen horror, que la intolerancia hacia los que son diferentes provoquen rechazo, que la injusticia suscite indignación. Aunque no es habitual que estas conductas cuando son referidas al sí mismo sean puestas en tela de juicio. ¿Cuántas veces oímos que alguien frente a un equívoco se autotitula con un epíteto, que ni al peor enemigo endilgaría? ¿Cuántas otras veces las exigencias al sí propio, son varias veces superiores a las que demanda al entorno? ¿Y los autorreproches por no haber actuado correctamente? ¿Y los lamentos por un error? ¿Y las ocasiones que durante el día se solicita el perdón de los demás… por circunstancias nimias y hasta insignificantes en que el otro ni siquiera ha reparado en el daño?
- Perdón, una pregunta… ¿dónde queda la calle tal?- - Disculpame por favor ¿ podrías decirme la hora?- Si extrajéramos de estas frases el perdón y la disculpa, nada cambiaría. Perdón, disculpa, más que fórmulas de la educación son palabras que señalan un lenguaje que expresa necesidad de castigo; producto de la censura a que estamos sometidos por esos tribunales ocultos que juzgan al ser por "delitos" absolutamente desconocidos. 
Estas maneras de conducirse anómalas, responden a una severidad excesiva de la conciencia moral. Lo que se llama ´hipermoralidad´, que poco tiene que ver con la moral, (ya que todo exceso es dañino) y mucho con la expiación. Ser más papista que el Papa, ser más cruel y vengativo con uno mismo que con el peor adversario, regirse únicamente con los parámetros del bien y del mal. Como si se obedeciera a un amo tiránico, que pretende someter a una existencia llena de padecimientos y el martirio fuera la única meta posible, en este "valle de lágrimas" en que se ha convertido la vida de tanta gente. 

Dra. Ana María del Pilar Bidondo. Médica Psicoanalista. Miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina
 (APA) y Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) 
Te. (011) 4. 824.1031

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