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Por Lic. Leticia R. Cohen - Contáctese                                                                                                

YA VIENEN LAS FIESTAS…Y… 

En muchas ocasiones, me atrae escribir sobre lo obvio, o sea aquello que está sobreentendido y de lo que pareciera que no hace falta decir nada, pero no es tan así. Lo obvio encierra contenidos que cuando los sacamos a la luz son importantes y nos pueden hacer reflexionar.
Se acerca Navidad y Año Nuevo, celebraciones llenas de un hondo significado para una gran parte de la humanidad. Esto se sabe, pero pareciera que el mundo de consumo en el que vivimos nos nubla el saber y las fiestas se reducen al reunirse (en algunos casos de mala gana o porque "corresponde"), a la comida, la bebida y los regalos pertinentes. Las dificultades económicas se acentúan ya que la oferta es masiva, excesiva, atrayente y produce presiones, coacciona, se nos impone. De este modo quedamos reducidos a marionetas de las circunstancias y cuando se toma conciencia, si es que se toma, ya es tarde. En muchos casos todo queda reducido a reyertas conyugales y familiares, encuentros no tan deseados, malestares estomacales, borracheras y sus consecuencias, accidentes, y bolsillos vacíos o deudas con problemas para saldar.
Navidad, recordatorio del nacimiento de Cristo. Pareciera que envueltos en el clima de lo que diciembre nos ofrece, se olvida el sentido profundo del mensaje "crístico", la trascendencia de sus enseñanzas, los valores propuestos, lo significativo de la humildad en la que nació, el recogimiento de la oración, la importancia del prójimo, el silencio y la calma necesarios para estar mejor con nosotros mismos y con los otros y también para descubrir nuestra sabiduría interna que nos llevará a resolver situaciones de la mejor manera, hacer los balances de nuestros procederes, reconocer nuestras falencias y cualidades categorizadas como malas (envidia, soberbia, orgullo, intolerancia, desprecio, etc.) y ver que hacemos con ellas.
Lo enunciado en el párrafo anterior son cuestiones para tener presentes todos los días de nuestra vida y no sólo en la Navidad, pero los rituales y las celebraciones específicas son para hacernos recordar y tomar conciencia con mayor intensidad de los hechos reales o míticos que albergan y dan sentido al devenir y a los aconteceres en la vida personal, de un país, de una región, de una civilización, de la humanidad (algunos pocos ejemplos: nacimiento, matrimonio, muerte, cosecha, revoluciones, nacimiento o muerte de héroes, cosmogonías, etc. ).
Con Año Nuevo sucede algo similar, ya no es el tema de la festividad cristiana, sino como mencioné antes, también es un hecho que tiene que ver con esas cuestiones para tener presentes, ya que ese movimiento de traslación de la tierra nos da cuenta y metaforiza sobre la existencia de ciclos, de cosas que empiezan y terminan, de etapas y de procesos, de metas y caminos; y estos temas también son dignos de nuestra reflexión.
La alegría de los festejos es algo muy bueno de sentir y manifestar, pero cuando tanto la alegría como el espíritu intrínseco de los festejos en cuestión se enturbian, por un lado con desacuerdos, corridas, desajustes económicos, y por otro con desbordes y descuidos que en ocasiones llevan al accidente y la tragedia (uso abusivo y descontrolado de pirotecnia y de alcohol); deterioramos nuestra condición de humanos, dejamos de respetarnos y de respetar al prójimo y perdemos de vista los mensajes que estas celebraciones nos tratan de recordar.
Algunas personas que están en terapia y otras en el comentario cotidiano se refieren al tema de las fiestas con pesadumbre, malestar, incomodidad. Múltiples pueden ser los motivos para ello, pero me voy a referir a algunas de las cuestiones que escucho más a menudo y en las que se evidencian las problemáticas con las familias de origen. El tema de las familias de origen es uno de lo ítems, que cuando no está debidamente abordado, es causa de serios problemas que pueden llegar hasta la separación en las parejas. Como en otras ocasiones tomo como marco referencial Los Órdenes del Amor que muestran que el amor se supedita al orden.
Intolerancias, críticas, amores incondicionales, amores simbióticos, afectos confusos son estados emocionales culpógenos, tanto para hijos como para padres y como consecuencia son el origen de enojos, de la imposibilidad de llegar a acuerdos, de generar más confusión y más culpa. Esto es así en el cotidiano vivir, pero se acentúa y puede llegar a desbordes cuando se trata de llegar a acuerdos en ocasiones especiales, en este caso las fiestas navideñas.
La pregunta con quiénes y dónde pasar las fiestas son para algunas personas motivo de discusiones y para otras, es cuestión de obediencia a personas, a creencias, a mandatos y al uso y la costumbre; a veces esta obediencia es ciega.
Mientras haya obediencia sin cuestionamiento, porque así se dice que debe ser, no hay problemas. En estos casos no hay lugar para la discusión porque queda excluida, paralizada o anestesiada, (según la persona y su circunstancia) la posibilidad del saber, del sentir y del desear ya que el por qué o el para qué o el me gusta, quiero, siento, no tienen lugar.
Ahora bien, cuando estas posibilidades del sentir, saber y desear están en vigencia y la persona se atreve a expresar lo que quiere, siente y pregunta los por qué y para qué de un acontecer y especialmente si éste es "cómo pasamos las fiestas", se va a enfrentar a los usos y costumbres familiares y sociales y ahí comienza el conflicto. Pero el conflicto comienza si el hombre y/o la mujer que conforman la familia actual no tienen resuelto su vínculo de hijos a padres y/o de hermanos entre sí. Aclaro esto del vínculo no resuelto: mujer u hombre de una pareja en conflicto con su madre o padre, o hermano/s: los juzgan, critican o exigen que sean diferentes de cómo son. O el caso contrario hijos/as, o hermano/s, que no han podido despegarse de sus padres y/o hermanos ya que no pueden estar lejos de ellos ni dejar de verlos cotidianamente. Si estas cosas pasan con los padres ¿cómo será la relación con los suegros y cuñados? 
He visto en la clínica innumerables variables en las relaciones, les menciono algunos ejemplos: hija peleada con sus padres y en excelente relación con sus suegros. Hijo extremadamente apegado a su madre y a su hermana, padre desvalorizado y en conflicto con su pareja. Mujer muy amiga de su cuñada y en conflicto con su hermana y con su madre. Hija que se siente sometida a su madre (separada), ve a su padre a escondidas de su madre, mal con su pareja. Hijo que no se ocupa de sus padres ancianos, lo hace su mujer y después recrimina no ser reconocido su esfuerzo, pareja con severas disfunciones. Madre que se alía con su hija formando una relación de hermanas, padre desautorizado, suegros considerados molestos.
¿Cómo pueden pasarse en armonía con los otros y con uno mismo las fiestas bajo las condiciones mencionadas o similares?
Cuando la familia de origen (padres, hermanos) está en orden, ( esto no es mágico, es todo un trabajo con uno mismo) es decir, los hijos han tomado a sus padres con honra y sin juzgamientos, y ocupan entre los hermanos el lugar que le corresponde a cada uno con respeto, no hay lugar para la culpa ni para el resentimiento, al contrario, los padres, los hijos y hermanos están en libertad de decidir sobre sus actos.
De este modo una pareja con hijos o sin hijos puede resolver, sin culpa, pasar las fiestas con sus padres, o sus suegros o sus hermanos o sus amigos o solos en la intimidad de su hogar porque en esa ocasión así lo desean y también pueden tolerar con amor otra decisión si las circunstancias lo requieren. Además hay muchos momentos durante las fiestas para saludar, visitar, brindar con familiares. También se pueden buscar salidas alternativas, no es necesario ir en bloque a saludar como tampoco es imperiosamente necesario brindar el 24 o el 31 o el 25 o el 1º. Si amamos y reconocemos a un ser querido en el lugar y categoría que le corresponde es importante que se lo demostremos con pequeños actos amorosos en lo cotidiano, no hace falta lo pomposo o la fecha asignada socialmente para ello. Lo paradójico es, que cuando el reconocimiento y el respeto rigen las relaciones; los tiempos, los lugares y los sucesos se acomodan sin dificultad. ¿Qué es más valioso para al ser que amamos y para nosotros: un saludo amoroso a distancia o un encuentro a disgusto? ¿Qué suponen que es más apreciado? ¿Qué creen que es más saludable?
Como siempre les digo, lo que expongo son generalidades y cada idea o concepto sólo están enunciados ya que no es este el lugar para profundizaciones. BUENAS FIESTAS.

Lic. Leticia R. Cohen

 

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